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La Casamentera de Sembia

II: La verdadera Tempestra, primera parte

Traducción: McAxel

Pregunta a un sembiana si conoce a la familia Plumatenue e inmediatamente mencionaran a Tempestra, a menudo con una sonrisa en parte burla. Pregúntales por la edad, riqueza o estatus noble de esa familia antes de Tempestra y la mayor parte de los aristócratas sembianos se quedarán perplejos y, tras unos momentos de fruncir el entrecejo, admitirán que no pueden recordarlo.

¿No son los Plumatenue originarios de Amn, desde hace generaciones? ¿O de Tezhyr, partiendo antes del desagrado de ver a la familia real de esa tierra asesinada? Son muy antiguos, de ascendencia muy rica, no obstante, de eso no hay duda, y tienen el emblema dorado (un escudo astado, todo de oro, con una espada desenfundada en diagonal, apuntando al borde inferior izquierdo, con la empuñadura en el superior derecho, con una cabeza de unicornio en el triángulo del escudo superior y una piña en el inferior) para demostrarlo. El padre de Tempestra Plumatenue era Oethorood, gran guerrero, alto, con un gran bigote, y su madre era “algo de dragón, aunque hermosa en su día” bajo el nombre de Gaunthaereena.
Todo esto parece y suena maravilloso, porque Tempestra lo ha querido así. En realidad, su nombre es Anthea Skrakelar y era una lavandera original de Puerta del Oeste, la hija de una lavandera grotescamente gorda llamada “Madre” Berlea, cuyo marido la abandonó cuando Anthea era una niña que empezaba a dar sus primero pasos.

Tempestra pronto se cansó de lavar sábanas y finalmente en cuando se fue con un hombre: un mercader de armas que había perdido un amor que se parecía muchísimo a Anthea hacía una década. Ella le acompañó en un viaje de negocios a Marsémber, donde fue apuñalado de pronto en un callejón.

Sola en una ciudad extraña, Anthea hizo dos cosas: falsificar una carta que le autorizase a ser su agente al vender sus propiedades de Puerta del Oeste de forma que pudiese llevárselo a un comprador de Marsémber y “enhebró un broche” (en nuestro mundo diríamos un “dulce trato”) con él para dárselo baratísimo, que resultó ser más dinero aún del que nunca había soñado tener. Rápidamente escondió el dinero y audazmente se escondió ella misma en una barcaza de esclavo antes de que los guardias que el hombre envió a atrapar al “ladrón que me ha robado todo mi dinero” pudieran encontrarla.

Finalmente, los gritos y sollozos se desvanecieron y el hombre de Marsémber se cansó de esperar su captura y partió a Puerta del Oeste para revender sus nuevas propiedades antes de que los falsificadores de la ciudad tuvieran oportunidad de revenderlas varias veces más. Fue entonces cuanto Anthea se hizo pasar por un sirviente atosigado enviado a comprar un vestido en una tienda muy cara. La echaron rápidamente del lugar pero echó un buen vistazo a varios clientes mientras les preparaban, e incluso llegó a escucharles hablar de la fiesta a la que pretendían asistir esa noche. (La gente rica de Marsémber, como la de Sembia, tienen trajes creados para ellos y se los arreglan en la privacidad de sus propias mansiones. Aquellos que están un peldaño por debajo, que buscan invitaciones para las fiestas y festines y que intentan sumergirse en la gran sociedad de moda en tales eventos, sólo pueden permitirse visitar las tiendas más exclusivas y tener vestidos modificados para adecuárselos; en el último momento, para que nadie más pueda copiar o eclipsar el “look” que han elegido).

Anthea se encaramó al tejado de aquella fiesta pero, al contrario que otros ladrones con los que puntualmente y desagradablemente compartió el tejado y que intentaban robar a los invitados del evento, ella solamente miró y escuchó. Riqueza y poder deslumbraban en aquella habitación y su experiencia le enseñó una cosa: la apariencia puede ser más importante que cualquier otra cosa al hacer dinero. Tenía que observar como se mostraban y comportaban el poder y la riqueza. Aunque solamente se mostrase y actuase de la misma forma durante una única noche, habría comido mejor de lo que nunca antes había comido. Por lo que Anthea observó, y Anthea aprendió.

Se tropezó con un borracho que roncaba en un callejón de vuelta al almacén donde ella se escondía y tomó prestadas sus botas y pantalones. Las ropas extremadamente grandes que colgaban del cartel de una tienda la sirvieron de toga lo suficientemente grande para cubrir cualquier ropa masculina.

Era el momento de dejar una Marsémber maloliente de pescado y ver una brillante Suzail. Era el momento de empezar a convertirse en una noble.




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